viernes, 27 de noviembre de 2009

El rostro desconocido

En la actualidad, el trabajo de un diseñador no se presenta como una tarea sencilla, ya que temporada tras temporada, tienen que librar la misma batalla: la eterna lucha contra el tiempo. Y en cuanto a tiempo, no me refiero solo al hecho de que en la mayoría de las ocasiones éste se convierta en un ser escurridizo que se escapa de las manos a la hora de preparar un desfile, sino la acechante sombra que les persigue del tiempo pasado y que les impide en el presente, crear lo más valioso: lo nunca creado.
Alguien me dijo una vez: “si quieres ser diseñadora, tienes que aceptar la idea de que todo lo que tu hagas, ya lo habrá hecho alguien antes que tu”. Por tanto, ante esta verdad aparentemente irrefutable, ¿cómo se consigue triunfar? Esta misma persona me dio la respuesta: “se trata de que cada cosa que hagas, sea tuya, tenga tu firma y respire tu yo “. Aún conociendo la clave, llegar a la cima sin sucumbir a los dictados y tendencias generales, no es fácil. Muy pocos lo consiguen, y entre ellos, con total seguridad, se encuentra alguien que me atrevería a calificar como un genio: Martin Margiela.







Martin Margiela ama la moda, y lo hace en su forma más primitiva: la moda en sí misma. Me explico: se niega a que le fotografíen, no quiere que el protagonista sea otro más que sus diseños, su ropa. Por el mismo motivo, sólo concede entrevistas por fax, y lo que es aún más sorprendente: las etiquetas de sus prendas están en blanco, sujetadas por cuatro costuras del mismo color de éstas, una en cada esquina. Por tanto, alguien que va vestido de Margiela, no lo hace para lucir una marca, demostrando así su poder adquisitivo o para presumir, no lo hace para ganar en seguridad por llevar algo caro, sino que lo hace porque realmente le gusta la prenda, y es en ese momento, donde se plasma lo que el diseñador quiere: la moda en su estado más puro.



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